Haz el ejercicio de imaginar cómo te sentirás después de que haya pasado la experiencia sexual. No es sólo algo genital. Mientras estés con él o ella, se abrirán espacios para la conexión emocional, la palabra y la ternura, en medio de la pasión. Pregúntate: ¿Cómo me sentiré conmigo mismo? ¿Tranquilo(a) y orgulloso de mi mismo(a) aunque todavía tenga mucho por aprender? ¿Culpable y angustiado(a) por lo que hice? ¿Tengo la suficiente confianza con mi pareja como para vivir todo esto en conjunto? ¿Puedo abrirme a ella antes y después de la relación sexual y decirle cómo me estoy sintiendo y qué necesito? ¿Qué haremos o nos diremos inmediatamente después de tener sexo, al día siguiente, la semana después?
Presta atención a posibles sentimientos de culpa. Ejercer tu sexualidad no es algo bueno o malo, es simplemente parte de tu condición humana, una parte valiosa de ella. Si tienes creencias religiosas que te indican qué hacer, revisa en tu interior para ver cómo te sientes con respecto a ellas y la decisión de tener tu primera experiencia sexual. ¿Te causará algún conflicto con tus creencias, con lo que crees que está bien o mal? Si es así, tal vez debas esperar hasta sentir que ejercer tu sexualidad no es asunto de bien o mal, sino de que sea una experiencia que te haga crecer, que te permita expresar tu amor o tu cariño a tu pareja, sea ésta o novio(a) o un amigo(a). En otras palabras, que la experiencia sea de provecho para ambos, tanto en disfrute, en placer, como a nivel de relación humana.
¿Respetarás a tu pareja y te respetará tu pareja después del encuentro? Inclusive si no son novios, es necesario que quede un sentimiento de agradecimiento mutuo por la experiencia compartida. Desde aquí en adelante, a lo largo de tu vida, todas tus parejas te enseñarán algo, ya se trate de emociones, conocimientos o sexualidad.


